La Ciudad de Julio Verne (2° parte)

Gustavo Vallejo, arquitecto

 

Circulación y aireación en el pensamiento ilustrado

En el urbanismo decimonónico, el núcleo central de las ideas de la Ilustración encontró una importante vía de canalización de su preocupaciones dirigidas a alcanzar el máximo conocimiento científico de la naturaleza para someterla a las radicales transformaciones que inducía una ética universalizadora basada en la utópica formulación de lo que debía ser el orden social y territorial ideal, para dirigir hacia esa dirección las modificaciones sobre la realidad percibida. Etica y ciencia se conjugaban así en una lógica que pretendía comprender la naturaleza para controlarla, colocando los conocimientos que surgían de su estudio al servicio de un sistema emergente de las instituciones cultoras de la razón que se gestaban en la ciudad moderna, y que se encargarían de ejercer un orden disciplinador sobre el territorio, funcional a la implementación de formas de convivencia civilizada entre los miembros de una comunidad.

Dentro de este marco de ideas y a tono con el auge alcanzado por las ciencias encargadas de estudiar la naturaleza, un urbanismo orgánico que emergió en el siglo de las luces, interesándose especialmente por aplicar en la ciudad las ideas que transformaron la consideración del cuerpo humano a partir del descubrimiento de la circulación de la sangre realizado por William Harvey en 1628.(6) La nueva teoría circulatoria, coincidente con el surgimiento del capitalismo moderno, permitió establecer una directa asociación analógica del movimiento en la ciudad, ya sea de personas o bienes como planteaba el nuevo sistema económico, con el modo en que circulaba la sangre en el cuerpo a través de venas y arterias. Un paso más adelante lo dio Ernst Platner vinculando la circulación con la experiencia ambiental, al considerar que la sangre era al cuerpo lo mismo que el aire a la ciudad, requiriendo ambos organismos la circulación de los respectivos fluidos para mantener la vida.

La teoría circulatoria no se contrapuso a la vieja creencia hipocrática, por la cual se atribuía la transmisión de enfermedades a la formación de "miasmas", que se propagaban por el aire hasta introducirse en los cuerpos a través de la respiración y de la permeabilidad de los poros. Por el contrario el pensamiento ilustrado elevó aquellas consideraciones a un status científico en el que ambas quedaron articuladas dentro de la noción de higiene. Luego de que en la Enciclopedia (1765), la voz "Higiene" adviera que "ningún elemento condiciona nuestro cuerpo más que el aire, pudiendo dañar a todos, por su propia impuridad y otras calidades defectuosas"(7), tras alcanzar su consolidación disciplinar, el higienismo, se valió de la teoría circulatoria para combatir los aires "malsanos" que provocaban las epidemias de las ciudades, a través de medidas que favorecían la circulación de las corrientes de aire puro necesarias para que aquellas pudieran ser expulsadas. Amparada en estas de ideas, la más sólida explicación científica del origen de la epidemia de fiebre amarilla, que en 1871 azotó a Buenos Aires, atribuyó su origen al envenenamiento del aire a través de depósitos de residuos ubicados en el Sudeste de la ciudad, desde donde salieron los "gases nocivos" que el viento Pampero se encargó de arrastrar hacia la población.

La creencia de que ningún elemento condicionaba ni podía dañar a los cuerpos más que el aire "malsano", ya habían motivado la aparición del ventilador: su invención data de 1741 cuando Stephen Hales se propuso renovar en gran cantidad el aire de los mineros, de los prisioneros, de los hospitales, de los baños penales y de los navíos. Asimismo en 1759, Duhamel du Menceau, en Medios para mantener la salud de la tripulación de las naves, reunía diferentes experimentos sobre sistemas de circulación de aire, como los que buscaron ser trasladados directamente a la ciudad adoptando en París la forma de proyectos de máquinas de ventilación con la forma de inmensas aspas de molinos para ser ubicadas en los cruces de las calles principales.(8)

Una medida más concreta, resultó ser la eliminación de las fortificaciones en los viejos centros urbanos, llevada a cabo en la mayor parte de la ciudades europeas durante el siglo XIX como también en la la utópica "Ciudad Linda", de Buenos Aires en el 2080, que "en vez de hallarse rodeada de baluartes como las ciudades antiguas", poseía "en toda su circunferencia, una ancha galería elevada en la que circula aire fresco".(9) La transformación de baluarte en avenida, fue la que dio origen al boulevard, cuya denominación deriva del alemán Bollwerk, que precisamente significa baluarte y alude a los paseos arbolados que inicialmente se implantaron sobre las antiguas murallas. (10) La evolución de aquellos espacios realizados con fines militares hasta verse convertidos en paseos, entendidos en gran medida como instrumentos de defensa higiénica, se asentaba también en una reconsideración del sitio en el que se hallaban los mayores peligros para la sociedad.

La convicción de que las sociedades modernas debían protegerse de enfermedades epidémicas antes que de ejércitos invasores, era la que llevaba a Sioen a avisorar en el siglo XX una sociedad en la que los "héroes modernos" dejaban de ser militares, y ese lugar ya no lo ocupaban los que ganaban batallas sino aquellos que eran capaces de librar a los pueblos de epidemias, en homenaje a quienes se levantaban nuevos arcos de triunfo. Estas reflexiones volvían sobre el discurso verniano, que proponía, en lugar de gastar millones en "mantener locas guerras", (11) destinar ese dinero en levantar ciudades que fueran modelos de higiene, dentro de un par dialéctico y antitético definido por las nociones de salubridad y militarismo, que tenía a France Ville, el paradigma de limpieza moderna, confrontada con Sthaldstadt, una ciudad militar gobernada por un alemán obstinado en destruir el proyecto filantrópico de Sarrasin.(12)

Introduciendo las organicistas preocupaciones circulatorias, que apuntaban a favorecer la aireación de los espacios -aunque sin desestimar la incorporación del elemento arbóreo, como algunos higienistas locales llegaron a reclamar para eliminar interferencias a las corrientes de aire-, La Plata nacía con vías de comunicación rectas y amplias, donde, a los ya largamente conocidos recursos proyectuales de la ciudad indiana, sobreimprimen las ideas de la Ilustración sus propósitos higiénicos que trascienden también al plano estético y simbólico.

El trazado urbano

En sus características formales, el trazado de La Plata continúa una tradición de ciudades fundadas en Latinoamérica según indicaciones condensadas en las Leyes de Indias, que, con pocas alteraciones, perduró luego de la constitución de la Argentina como nación independiente en las propuestas urbanas con las que el Departamento Topográfico y más tarde el Departamento de Ingenieros, crearon una inconfundible marca "civilizatoria" que acompañó la expansión de la frontera con los indios. Esa matriz resultante, que con la simple redefinición de las exiguas dimensiones comúnmente utilizadas en el trazado de calles, también se mostraba adecuada para satisfacer las nuevas exigencias higiénicas de una ciudad moderna, podría verse sintetizada en un cuadrado, dentro del cual se extendía una cuadrícula hippodámica que enfatizaba la centralidad por la disposición de la plaza principal -referente que originariamente había servido para extender el resto de las calles a regla y cordel-, y cuya orientación general a medio rumbo, al convertirse en el habitual modus operandi de numerosísimas fundaciones realizadas durante el siglo XIX, dejó, por su progresión, una impronta a escala territorial en la traza, girada 45º respecto a paralelos y meridianos, que divide a la mayoría de los partidos de la Provincia de Buenos Aires.

Sin embargo, la primera particularidad que ofrece La Plata respecto a esa matriz "indiana", está dada por la diferenciación entre vías de comunicación primarias y secundarias, que tenía, dentro de esa tradición, elementales antecedentes en la jerarquización de dos ejes perpendiculares intersectados en la plaza principal -los romanos cardo y decumanus-, presentes tanto en la Amauroto de Utopía -donde uno de los ejes era navegable-, como en el esquema teórico contenido en las indicaciones urbanísticas de la Ley nacional de Inmigración y Colonización sancionada en 1876. Sin embargo la progresión de esa diferenciación, a través de un sistema de alternancia de vías, introduce, mediatizado por el ejemplo de France Ville, la concepción organicista del urbanismo de la Ilustración que terminó por convertir calles y avenidas en venas y arterias, tal la denominación dada por Christian Patte, dispuestas de manera acorde a la circulación de aire y de individuos que debían canalizar.

Hacia esa dirección apuntaron las indagaciones del prestigioso arquitecto argentino, Juan Martín Burgos, formado en la Academia San Lucas de Roma, quien a modo de espontánea contribución personal diseñó un trazado para la "nueva Capital de la Provincia de Buenos Aires". Su propuesta, publicada por El Nacional en abril de 1882 y convertida luego en un folleto que rápidamente llegó a manos de las máximas autoridades, consistía, como Amaurouto, en un cuadrado con calles separadas a igual distancia y dos avenidas centrales que la dividían cuatro sectores, aunque agregándose, con respecto a aquel esquema, dos diagonales principales que unían sus vértices y otras cuatro secundarias que formaban en su interior un cuadrado girado a 45º. El autor de esta propuesta, en la que no resulta difícil hallar analogías con el "proyecto para una nueva Capital" que dentro del proceso de unificación de Italia realizó en 1863 Tettamanzi y que el mismo Burgos debió conocer durante su estadía en Roma, justificaba en su memoria el uso del "sistema de calles rectas y perpendiculares unas a otras", en el hecho de que, cualquier otra traza además de ofrecer serias dificultades a la subdivisión del terreno y al tránsito, "no permitiría la fácil ventilación que es el fundamento de la salubridad de las ciudades". Entre las otras trazas que atendiendo las recomendaciones de Burgos, el Departamento de Ingenieros desecharía, se hallan los primeros anteproyectos inspirados en la barroca ciudad de Karlsruhe (1715), de la que se retomaba su forma estelar con calles radiales y anulares para superponerla sobre una trama ortogonal.

Las mismas reelaboraciones verificables en el proceso seguido por el diseño para el trazado de la "nueva Capital de la Provincia de Buenos Aires", iniciado con la casi indiferenciada cuadrícula del proyecto de Burgos, que el Departamento de Ingenieros complejizó con un sistema de avenidas sucedidas cada 6 manzanas cuadradas de 120 metros de lado, repetidas otras 6 veces en ambos sentidos, tendieron luego a optimizar la circulación de aire, al decidirse por "conveniencia higiénica aumentar el número de calles en la parte central donde la mayor densidad de población lo hace necesario". Este propósito se vio reflejado en la forma adoptada en el proyecto del Departamento de Ingenieros que el Gobierno de la Provincia aprobó el 5 de junio de 1882 -aunque condicionando a la realización de modificaciones que contemplaran la incorporación del Bosque existente en el sitio escogido por Rocha sin el conocimiento de los proyectistas de la traza-, al considerar que atendía "todas las necesidades de belleza, comodidad e higiene", y en los que le sucedieron hasta constituir la traza definitiva. Como consecuencia de esta preocupación "higiénica", el eje principal, que corre de sudoeste a noreste para prolongarse luego hasta el Puerto de Ensenada, quedó conformado a partir de la inversión en la relación de vacíos y llenos, esto es del reemplazo de la avenida que existiría de mantenerse la secuencia del resto de la composición -avenida 52-, por la introducción de una fila de manzanas entre las que se hallarían las destinadas a los principales edificios públicos, posibilitada por la reducción en esa sección central de la separación de las calles -decreciente de 120 a 60 metros- desde las Avenidas 44 y 60 hasta las Avenidas 51 y 53, conformadoras de dicho eje, para introducir más calles que aseguren la aireación en el sitio de la ciudad en el que concentraría la mayor densidad habitacional. Ahora bien, sobre esta matriz básica se superpone otra constituida por un sistema de diagonales que conformaban una red de arterias articuladas con las avenidas y con un sistema de plazas y parques dispuestos a modo de pulmones de la ciudad.

En la concepción organicista del urbanismo, preocupado por crear un sistema de venas, arterias y también pulmones, el movimiento de aire y de personas- se convirtió en un fin en si mismo. Si como dice Sennett, estas ideas podían verse reflejadas ya en Karlsruhe -aunque en sus arterias anulares los higienistas locales veían serios obstáculos para las corrientes de aire- y en la propuesta originaria para Washington de 1792 de Pierre l´Enfant y en los primeros bulevares parisinos; también originaron en la ciudad de Buenos Aires durante la década de 1820 el primer bulevar de circunvalación (avenidas Callao-Entre Ríos) y un sistema de amplias arterias (avenidas San Juan, Independencia, Rivadavia, Corrientes, Córdoba, Santa Fe), y poblaron planteos utópicos como el de la ciudad que Ettienne Cabet imaginó en Viaje a Icaria (1840), compuesta de una sucesión de calles "rectas y anchas" entre las cuales se distinguían las "que se comunican con las plazas", que además se hallaban plantadas de árboles. La preocupación higienista por alentar la circulación misma por sobre el interés estético de conectar episodios urbanos singulares, dio lugar al esquema formal sobre el que se basó France Ville, "la ciudad de la salud y el bienestar", donde las plazas ya no son el punto de llegada sino en todo caso una pausa, salubre y agradable a ser bordeada o atravesada en un recorrido que debía continuar sin interferencia alguna. Ese fue el sentido que adquirió en La Plata, una matriz compuesta de 23 parques y plazas interconectados por bulevares arbolados presente ya en la propuesta preliminar del Departamento de Ingenieros.

Vale decir que si en el París de Haussmann la herencia del urbanismo barroco inducía a seguir pensando en la circulación como un el avance hacia un destino monumental, poniendo en valor instituciones representativas de los ideales de la razón, en el caso de La Plata, la ausencia de focos de estas características, no impide ver la perduración de los ideales de la Ilustración, que, en la exacerbación de los propósitos higiénicos de favorecer una circulación -de aire y de la economía capitalista-, que no debía ser interrumpida para evitar crisis análogas a las que se producen cuando la mecánica sanguínea se obstruye en una arteria, se hallan en el mismo sistema circulatorio. La impronta de la Ilustración no debe buscarse entonces en perspectivas resaltadoras de las instituciones republicanas instaladas en La Plata, sino en la estética resultante de la circulación, cuya densidad de elementos compositivos, la hace partícipe de un sistema de signos traducibles a simbologías con claras alusiones a ese pensamiento: no es aventurado asociar a una escuadra intersectada por un compás, la figura que conforman las diagonales 73, 79, 74 y 80, y 77 y 78 respectivamente, si tenemos en cuenta el papel preponderante que en la generación del ´80 ejerció la Masonería, institución emergente en gran medida del pensamiento de la Ilustración, que impulsó los ideales de la razón y adoptó como símbolo principal a esos instrumentos de diseño, gestadores de las formas básicas del trazado de La Plata (el cuadrado, la cuadrícula, las diagonales y las media y cuarta circunferencias). Mientras la escuadra simboliza la acción del hombre sobre la materia y la organización del caos, el compás es el símbolo de lo relativo, al medir el mayor dominio que puede alcanzar el genio humano, representado por dos ramas que surgen de un único punto. Ambos instrumentos, en los que las grandes nociones gestadas en torno a la revolución francesa encuentran un medio para ser trasladadas a la construcción de una polis ideal, generan a través del trazado de formas estrictamente igualitarias, una geometría controladora de la naturaleza que es "el lenguaje de la razón en el universo de los signos".(13)

Sobre esa traza, una estética general republicana sólo reconoce diferencias entre el poder público -concentrado principalmente en el eje principal de las Avenidas 51 y 53- y la edilicia privada, por la altura de los edificios y su disposición en las manzanas: los primeros de grandes proporciones se retiran de los bordes de la manzana que ocupan individualmente para dejar jardines perimetrales, en tanto que la segunda de no más de dos niveles se sucede en frentes contínuos que conforman un homogéneo tejido. En esta distinción basada en la idea clásica de "carácter", elaborada a mediados del siglo XVIII como la contraparte artística de la clasificación de seres por su caracterización externa hasta llegar a la tipificación por géneros, especies y familias que realizaba la biología, (14) asume en el paisaje urbano de La Plata, las formas contrastantes de lo público y lo privado, que debían ser fácilmente percibidas por el ciudadano común a partir del efecto que produciría el "carácter" de edificios insertos en una matriz conformada por un igualitario sistema de arterias y venas abastecedoras de corrientes de aire.

El trazado de La Plata enfatiza así características que la vuelven por sobre todas las cosas una ciudad circulatoria, donde la monumentalización del poder público no pasa de ser una distinción estética y volumétrica que en modo alguno debía interferir un igualitario movimiento, reflejado en perspectivas infinitas sólo interrumpidas por la "natural" presencia del Paseo del Bosque.

Los beneficios higiénicos que reportaban la aplicación de estas ideas organicistas en La Plata eran sintetizados por uno de los primeros médicos instalados en esta ciudad, (15) para quien la nueva ciudad "por sus hermosísimas calles y anchas avenidas que la cruzan en todas direcciones, está por ese sólo hecho, en mejores condiciones que cualquiera otra ciudad de Sud-América, respecto a ese grande e indispensable requisito para la higiene pública (...). De esa manera las corrientes impulsivas de las grandes masas de aire, facilitadas por grandes aberturas a todos rumbos, la recorrerán en todas direcciones".(16)

Si bien los descubrimientos de Louis Pasteur y Joseph Lister relativizaron un tanto la importancia de la aireación de los espacios, al conocerse que eran microbios, no aires malsanos, los que transmitían enfermedades, el paso de una a otra teoría higienista, de la hipocrática a la microbiana, no modificó la utópica fe en que la ciencia podía garantizar el funcionamiento armónico de una ciudad planificada, donde a la economía de mercado, como las vías circulatorias de la ciudad por razones de higiene, el liberalismo imperante no le oponía interferencia alguna. Estas ideas imbuidas de saintsimonianos preceptos que, como en la utopía verniana, parten del sustrato filantrópico del saber médico y se valen de un ingeniero heroico que garantiza la concreción del emprendimiento, sobrevuelan en la nueva Capital de la provincia de Buenos Aires, y se prolongan en la fundación de Belo Horizonte basada en un programa que asocia a ambas ciudades, tanto por sus características formales como por la búsqueda de integrar cultura metropolitana, economía capitalista y saber científico a regiones atrasadas de esta parte del continente. Dentro del proceso de modernización que iniciaron Argentina y Brasil a fines del siglo XIX, utopía científica e ilustración, tuvieron entonces una común manifestación material en las casi contemporáneas creaciones de La Plata y Belo Horizonte, a cargo de "heroicos" ingenieros Pedro Benoit y Aaráo Reis, donde el inicio de las tareas de éste último recabando a distintas autoridades información de las ciudades del "Plata", coincidió en 1894 con la elevación al rango de Intendente Municipal del primero. Lo efímero que resultó esa actuación política de Benoit en La Plata, no es ajeno al debilitamiento del poder efectivo de la ciencia -desacreditando las predicciones saintsimonianas y vernianas en relación al surgimiento de un "capitalismo científico"-, como también de toda instancia encargada de armonizar orden, belleza y salubridad. Mientras el laissez faire paralelamente promovido a la planificación inicial fue dejando su impronta disgregante en la realidad material; la ciudad resultante transfirió la utopía fundacional del ejercicio del poder a un imaginario colectivo constituido por retrospectivos y prospectivos registros de interpretación. Por un lado una nostálgica apelación a la "edad dorada", contribuyó a aumentar la percepción de cualidades perdidas en el devenir de la ciudad, donde su emergente entidad sociocultural fue conformándose en la autoresponzabilización de no haber sabido vivir en la ciudad ideal que le fue asignada. Y por otro lado la utopía estimuló hacia el futuro sucesivos esfuerzos "refundacionales", que incluyen hoy gestiones dirigidas a "revalorizar la gesta fundacional", impulsando un reconocimiento como Patrimonio cultural de la Humanidad por su trazado y los edificios públicos que aún se conservan, que no logra disimular las graves falencias en su ordenamiento y salubridad que aparecen más allá de los bulevares que cercan el trazado y el discordante paisaje que dentro de ese trazado presenta la desregulada edilicia privada.

El devenir de La Plata parecía no poder desligarse de una relación analógica con aquella "ciudad de la salud y el bienestar", que afloró en el cincuentenario de la fundación de La Plata, a través de exultantes miradas restrospectivas lanzadas desde un momento en el que podía constatarse la concreción de una ciudad con características bastante cercanas a las prefiguradas utópicamente en el proyecto fundacional. "El día que se colocaba la piedra fundamental, no eran pocos los que exclamaban: La Plata será un mito, una ciudad de Julio Verne. Ni en 50 años de esfuerzos y sacrificios, llegará a ostentar formas de una ciudad. Los que no expresaban este pensamiento, guardaban prudente silencio. Seis meses después, las calles del lugar desmantelado, estaban delineadas. Se abrían los cimientos de los grandes palacios. Un año más tarde, el campo desolado lo ocupaba una aldea. Población definida de obreros, jornaleros, empleados y comerciantes. A los dos años de la fundación, cuando aún estaban frescas las emociones de aquellas risas irónicas y de aquellas mofas de los descreidos, la aldea se había convertido en un pueblo importante de 30.000 habitantes, floreciente y ávida de porvenir. Los 50 años han llegado y la ciudad de Julio Verne es un arquetipo de ciudad, la más hermosa de las urbes argentinas. La fábula que imaginaban los escépticos, a los 50 años de esfuerzos y sacrificios, es algo más que una forma de ciudad: es el prodigio real de la argentinidad". (17) "La ciudad de Julio Verne" permanecía aún en 1932 en un imaginario colectivo que seguía identificando en ese texto fantástico, articulador de la higiene, el poder científico y las ideas de la ilustración, a la más representativa alusión al origen de La Plata y a un devenir que permitía entonces demostrar a los "más descreídos" que la utopía podía volverse realidad. Algo que quizás hoy sea bueno recordar.


  (6)- Richard Sennett; Carne y piedra, Alianza, Madrid, 1997.

  (7)- Georges Teyssot; "Per une genealogia dei tipi: la casa per tutti" (pp.IX-CIII), en Roger GUERRAND, Le origini della   questioni   delle habitazioni in Francia Officina Edizioni, Roma, 1981, p.XI.

  (8)- Georges Vigarello; Lo limpio y lo sucio. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, Alianza, Madrid, 1991, p.187.

 (9)- Aquiles Sioen; op. cit., p.21.

(10)- Alicia Novick; "Avenidas", en Jorge Liernur y Fernando Aliata; Diccionario histórico de la arquitectura, el hábitat y la ciudad  en la Argentina, en prensa.

(11)- Julio Verne; op. cit., p.31

(12)- Sthaldstadt, también ha sido vista como una anticipación de Verne de lo que serían los campos de concentración nazis.

(13)- Eduardo Gruner, "La rama dorada y la hermandad de las hormigas" (pp.1-4), Punto de Vista N°42, Buenos Aires, 1992, p.3.

(14)- Ver Fernando Aliata (comp.), Carlo Zucchi y el neoclasicismo en el Río de la Plata, Eudeba, Buenos Aires, 1998. En particular el capítulo del mismo autor titulado "Lenguaje arquitectónico, republicanismo y proyecto urbano en el Buenos Aires Post-revolucionario", pp.69-78.

(15)- Se trataba del Doctor Julio Casal, un discípulo de Wilde, el más renobrado higienista argentino de fines del siglo XIX que integró la Comisión conformada para elegir el sitio más conveniente para levantar La Plata.

(16)- La Plata; La Plata, 9 de marzo de 1885.

(17)- El Día; La Plata, 19 de noviembre de 1932.

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