La Ciudad de Julio Verne(1)(1° parte)

Gustavo Vallejo, arquitecto

Durante las últimas décadas del siglo XIX, la expansión de la modernidad en países Latinoamericanos estuvo signada por la confluencia en el campo de poder de liberales positivistas empeñados en implementar normas de urbanidad entendidas como "avanzadas", desde una perspectiva evolucionista que las asociaba a un amplio proceso civilizatorio desatado en el seno de la cultura occidental. La internalización colectiva de este proceso, que condujo a la aceptación individual del imperio de la ley reemplazando con él a la violencia física como recurso de dominación para inducir pautas de comportamiento, cimentó la hegemonía ejercida en la Argentina finisecular por la "Generación del ´80".

Así y valiéndose del consenso social implícito, una elite de liberales positivistas inició la organización de las instituciones republicanas requeridas para que una nación fuera "civilizada", en lo que constituyó una suerte de "evangelización laica" lanzada desde la ciudad moderna hacia las desintegradas comunidades rurales. Esta tarea basada en un esquema evolutivo que identificaba "barbarie", "civilización" y la necesidad de pasar de uno a otro estadio por medio de la apertura a factores externos -economía capitalista, inmigración europea y cultura metropolitana-, tuvo una relevante manifestación física en el fulgurante origen de la ciudad de La Plata en 1882.

La Plata fue obra de un Estado que, en lo fáctico, buscó concentrar las funciones gubernamentales nacionales en la ciudad de Buenos Aires liberándola de su simultáneo rol de Capital de la principal provincia argentina, para que éste recaiga sobre la nueva ciudad. Pero fundamentalmente, en el plano cultural, esta acción buscó reproducir las ideas modernizadoras que, desde la gestión gubernamental de Rivadavia en la década de 1820, impregnaban un imaginario progresista de Buenos Aires, al que la pervivencia de intereses tradicionales le impedían alcanzar una clara materialización. En este sentido hacer una "nueva Buenos Aires", y al mismo tiempo trascenderla en modernidad fue la lógica que desde un comienzo se siguió en la fundación de La Plata, a la que su fundador, el Gobernador Dardo Rocha, deseaba verla lo suficientemente cerca de Buenos Aires como para recibir de esa metrópolis sus influjos civilizadores, y al mismo tiempo lo suficientemente distanciada, para asegurar la autonomía de la nueva ciudad en el contexto de un "desierto" sobre el cual esos influjos podrían dar mayores frutos e irradiarse con mayor facilidad.

Comenzaba así a conformarse un programa ideal que tenía claramente definido, a partir de Buenos Aires, semejanzas y diferencias, continuidades y cambios que debían condensarse en la nueva Capital. Un programa portador de la modernidad científica emanada de la realidad metropolitana que elegía el insularismo de su contrastante relación con el "desierto pampeano" para expresar su oposición a las trabas que la naturaleza americana -compuesta por la indisoluble interacción entre geografía y sociedad, según la influyente perspectiva sociobiológica spenceriana- oponía para obstaculizar su consumación. Sustentando el ambicioso y fáustico propósito de sobreponerse a esas trabas, lo que equivalía a decir, transformar en cultura el "primitivismo" de la naturaleza americana, importantes factores concurrieron para acrecentar el poder del Estado hegemónico. Ya en el momento de producirse la separación de la ciudad de Buenos Aires de la provincia que siguió llevando su nombre, se hizo más notorio que la excesiva centralización del país redundaba en la floreciente realidad de la gran ciudad-puerto del Río de la Plata, pero también en el atraso del restante territorio nacional, incluido el de la propia provincia de Buenos Aires que comprendía buena parte de la llanura pampeana. De ello se desprendía que para llevar a cabo la fundación de La Plata, el Estado se encontraba con una naturaleza "dócil", ya sea por la escasa organización de una sociedad diseminada en poblados que no superaban los cinco mil habitantes y -Remington mediante- recientemente librada de la amenazante presencia indígena, como por la ausencia de grandes accidentes topográficos, naturaleza que constituía entonces una entidad incapaz de alterar planes políticos y urbanísticos respaldados por la disponibilidad de fastuosos recursos económicos y técnicos.

Es decir que una elite esclarecida, recursos económicos y técnicos y en definitiva una gran concentración de poder en el Estado acrecentada por la ausencia de grandes obstáculos naturales en la concreción de sus propósitos, conformaron un cuadro de situación por demás propicio para impulsar una propuesta ideal, que, sin mediaciones, iría desde arriba hacia abajo, desde la norma pública hacia la sociedad que surgiría para acatarla civilizadamente, y fundamentalmente desde la matriz urbana hacia la ciudadanía moderna que buscaba modelarse.

De este modo, Estado y sociedad, forma urbana y comportamientos, entendidos como pares dialécticos condicionantes de las relaciones de poder, encontraban en esta operación una desmedida distancia entre los primeros y los segundos términos de esa polaridad, a la que el género utópico siempre colocó como condición previa para la implementación de un programa ideal. La utopía aquí adquiría la forma de un reformismo filantrópico, sostenedor del liberalismo con sus instituciones reafirmadoras del igualitarismo en lo civil y en lo político -aunque éste último desvirtuado por tres décadas de prácticas fraudulentas-, albergadas en suntuosos palacios que no tenían correlato en la Argentina y en los que quedaban escrupulosamente separados los tres poderes: el Ejecutivo -con sus dependencias ministeriales, la Policía y la Cárcel de encauzados-, el Legislativo -con su novedosa disposición bicamercal- y el Judicial -con su Cárcel de detenidos-. Al mismo tiempo, al temido traslado de ese igualitarismo al plano social, desbordando los límites del liberalismo, era contrapuesta una ilimitada fe en que la ciencia -básicamente representadas en el urbanismo y el higienismo- al servicio de una vía estatalista podía controlar las más graves manifestaciones de las desigualdades, reflejadas en las epidemias, a través de espacios ordenados que redundarían en comportamientos "civilizados".

Esta suerte de utopía tecnocrática, a la que el urbanismo de la Ilustración aportaría su cuota de orden geométrico, regularidad y un conjunto de instituciones iluministas que comprendieron el Observatorio Astronómico, Museo y Biblioteca Pública, englobadas luego en la más moderna Universidad argentina, fue saintsimonianamente identificada con lo bueno que tenía para deparar en Latinoamérica el progreso indefinido por obra de un "capitalismo científico", que inducía a planificar una realidad urbana sin controlar el desarrollo de las disgregantes fuerzas de la economía de mercado, confiando a la ciencia la resolución de los desajustes que se generaran.

 

Utopía científica

El inusitado progreso material que acompañó la expansión del capitalismo durante el siglo XIX, trajo aparejado inéditos problemas sociales que desbordaron al orden liberal y a un sistema basado en derechos colectivos y responsabilidades individuales, donde las desigualdades, cuando no obedecían a determinaciones de la naturaleza, eran aceptadas y más aún, representaban situaciones éticamente ejemplarizadoras. Los efectos inmediatos de la revolución industrial, reflejados en las masivas migraciones del campo a las grandes ciudades europeas y la irrupción del proletariado como una nueva clase social emergente de la división del trabajo, introdujeron como nuevo y decisivo elemento de consideración, el hecho de que ya no sólo los inválidos y los que no conseguían trabajo, sino también y principalmente una mayoritaria parte de la población que trabajaba en condiciones infrahumanas, veía gravemente amenazada su subsistencia en ciudades frecuentemente devastadas por el azote de epidemias.

Frente a estas contradicciones que el liberalismo no podía resolver, surgieron utopías optimistas, que, antes que resolverlas estructuralmente o negar los cambios introducidos por el capitalismo para reinstalar un orden social anterior, transfirieron el problema hacia el futuro, asignándole a la ciencia un papel central en el mejoramiento de los problemas que presentaban las grandes aglomeraciones urbanas.

Es decir que el liberalismo requería de la ilusión futurista que la ciencia introducía en la sociedad para conducir de una manera equilibrada esta era de progreso ilimitado, apoyándose en una perspectiva tecnocrática como la que había llevado a Saint Simón a sostener que "no debía abolirse el capitalismo, sino, al contrario, promover y dirigir su desarrollo para crear una abundancia de riquezas que aprovechen todos", lo que comprendía también la creación de adecuadas condiciones sanitarias para el conjunto de las poblaciones urbanas.

Quizás sea la figura del Doctor Sarrasin la que representa el más acabado ejemplo de los intentos por articular saber científico con poder económico y político a través de una acción filantrópica puesta al servicio de la creación de una ciudad ideal. Para éste médico francés, "entre las causas de la enfermedad, de la miseria y de la muerte", (2) existía una a la cual consideraba "racional" conceder la mayor importancia y era la de "las condiciones higiénicas deplorables en que la mayor parte de los hombres están situados". Tras esta aseveración, Sarrasin comenzaba a fundamentar, en el Congreso Internacional de Higiene de Brighton, su propuesta de destinar una enorme fortuna heredada a la construcción de France Ville "la ciudad del bienestar y la salud". La solución a los graves problemas padecidos por las grandes aglomeraciones urbanas, se hallaba por consiguiente en "el mas poderoso método de persuasión", como lo era "el ejemplo". Y continuaba preguntando ante sus pares, los más notables científicos del mundo: "por qué no reunimos todas las energías de nuestra imaginación para trazar el plano de una ciudad modelo, sobre bases rigurosamente científicas?"(3). Esta "ciudad modelo", que, recreando la convicción sainsimoniana de que el "nuevo mundo" era el sitio de las utopías, habría de ser levantada en el territorio americano, sobre una extensa llanura despoblada, poseería una "traza regular" con calles numeradas, cruzadas en ángulo recto y de las que, cada medio kilómetro, se diferenciarían algunas mas anchas con el nombre de paseo o avenida, arboladas y con jardines públicos en sus intersecciones.

La imaginación de Julio Verne excediendo el marco de la trama de una novela -en este caso Los quinientos millones de la Begún (1879)- tendría, como en muchas otras oportunidades, ribetes altamente anticipatorios. Recurriendo a características formales que evidenciaron muchas afinidades con aquellas de las que se había valido el imaginario personaje verniano para llevar a cabo una obra filantrópica, La Plata surgió con el fin de "Dardo Rocha de realizar la utopía científica de Julio Verne", tal como lo sintetizaba El Nacional.

"La ciudad de Julio Verne" se convirtió así en una temprana imagen prescriptiva de lo que debía ser La Plata, pero más aún, fue un estigma que acompañó el carácter fáustico que tuvo la gestación de la "nueva Capital", abriendo ilimitadas expectativas en relación a un destino que, como la carrera política de su fundador, llegó a creerse que sólo circunstancialmente se limitaba a la égida provincial. También a ese estigma recurrieron periódicos de Buenos Aires para elogiar tanto como para desautorizar la empresa de Rocha, y luego el incipiente espacio socio-cultural local a menudo lo utilizó para autorreferenciarse, encontrando allí un elemento identitario que daba cuenta de la singularidad de esta creación ex novo.

El conocimiento de las ideas higienistas expresadas en aquella novela utópica por la elite dirigente que creó La Plata fue casi inmediato, contribuyendo a ese fin la publicación, también en 1879, de Buenos Aires en el 2080, un texto de anticipación escrito "a la manera de Julio Verne", por Aquiles Sioen, un periodista francés que arribó a Buenos Aires ese mismo año.

Tematizando situaciones irreales pero no por eso inimaginables, y planteando de ese modo lo deseable dentro de aquello que efectivamente era imaginable, estas utopías tuvieron un carácter predictivo de lo que, con una favorable coyuntura y fundamentalmente con una gran concentración de poder en un Estado planificador, podía ser realizado satisfaciendo en forma ideal las que ya eran reconocidas como grandes necesidades urbanas. Y precisamente fue en la fundación de la "nueva Capital", donde creyó haberse encontrado esa favorable coyuntura y la necesaria concentración de poder para materializar una iniciativa propia de textos fantásticos, al presentarse una irrepetible situación en la que se articulaban intereses de carácter político-administrativo con otros que trascendiendo al plano simbólico se dirigían a dar muestra de los progresos alcanzados por el pueblo argentino a partir de la asimilación de la cultura europea, y que se veían solventados por una fabulosa suma -como la que había recibido el personaje de la utopía verniana- que la Provincia recibía de la Nación.

No eran pocos los elementos que permitían establecer una directa asociación entre una ciudad que nacía a partir de una planificación ideal y la utópica France Ville. De hecho La Plata fue vista como una utopía por quienes en los momentos previos a su fundación denostaban la empresa de Rocha considerándola desmesurada, dado que no veían en ella más que injustificados deseos de materializar una ciudad extraida de una novela de Julio Verne. Sin embargo, rechazando esa despectiva caracterización dada a un emprendimiento considerado irrealizable, poco después del simbólico acto fundacional del 19 de noviembre de 1882, comenzó a utilizarse con otro sentido la confrontación entre el discurso ficcional y la realidad, ahora emergente. Es decir que si, como se ha señalado, la utopía reproduce la actitud del científico que sigue las etapas de observación, hipótesis y experimentación, aunque deteniéndose en la segunda, el programa urbanístico montado en La Plata, para dar materialidad a "la ciudad de Julio Verne", reproduciendo los influjos civilizadores de Buenos Aires y a su vez trascendiéndola en modernidad, pareció poder alcanzar aquella última etapa, por lo que, de aquí en adelante pareció encontrarse mayor asidero en el calificativo de "utopía científica", como pasó a llamarlo el periódico El Nacional en 1884.

Años más tarde, el Presidente de la delegación argentina en la Exposición Internacional de París de 1889, Santiago Alcorta, hacía saber en su Informe, las repercusiones que había tenido La Plata, cuando, al ser presentada en ese evento a través de un plano catastral, veinticinco fotos de sus principales edificios públicos y un texto de Emilio Coni, asumió honrosa el calificativo de "la ciudad de Julio Verne" para sorpresa de los asistentes, entre los que se contaba el propio Verne en su faceta "urbanista". Vale recordar que desde 1888 Verne era Consejero Municipal de Amiens y promovía reformas urbanas que estaban en sintonía con planteos formulados en su France Ville, pero que también buscaron alinearse con los moderados en su lucha contra el socialismo y el radicalismo, desligándose rápidamente de la lista "ultra roja" que integró para acceder a ese cargo, sobreponiendo a las pasiones políticas una "científica" y por eso incuestionable "fachada" de urbanista.(4)

Pero más allá de los notables paralelismos con el fantástico universo verniano, La Plata en sí era una utopía en el más estricto sentido etimológico del término que Tomás Moro creó, con la obra publicada en 1516, a partir de la conjunción de los vocablos griegos u (no) topos (lugar). En efecto, La Plata nació como un "no lugar" constituido por ideas y abstractas formas geométricas volcadas al papel por proyectistas que desconocían la localización geográfica que finalmente habría de tener aquello que sería la "nueva Capital". Esta situación se evidenció ya en las primeras acciones con las que, al asumir sus funciones como Gobernador de la Provincia el 1º de mayo de 1881, Dardo Rocha puso vertiginosamente en marcha la "cuestión Capital" a través de tres decretos firmados en forma casi simultánea. Por el del 4 de mayo fue creada una Comisión abocada al estudio de los posibles emplazamientos, que además de contar con miembros del Congreso y del Ejecutivo Nacional; estaba integrada por destacados representantes del saber médico. El 6 de mayo se conformó otra Comisión, a la que se le encomendó la organización de un Concurso Internacional para la realización de los principales edificios públicos, y que también contó con un médico entre sus integrantes, y el 7 de mayo se le encargó al Departamento de Ingenieros, dependiente del Ministerio de Obras Públicas de la Provincia de Buenos Aires, el trazado urbano, los planos y el presupuesto de las obras de salubridad, como así también el proyecto de los edificios públicos no comprendidos en el citado Concurso.

El desconocimiento, tanto de las características físicas que tendría la "Nueva Capital", como del lugar en el que se emplazaría, no hacía posible que las bases preparadas por la Comisión encargada de la realización del Concurso internacional -elevadas el 1 de junio de 1881 y aprobadas con gran celeridad por las autoridades dos días después-, fueran mucho mas allá de las someras referencias e indicaciones que podían darse en ausencia del topos: cada edificio se levantaría en una manzana cuadrada de unos cien metros de lado, rodeada por calles de veinte metros, y todos ellos, con excepción del templo, deberían tener grandes patios interiores, vestíbulos y dependencias comunicadas por galerías.

La misma incertidumbre que reflejaban las bases del Concurso internacional, se manifestaba también en el encargo del trazado urbano, donde se solicitaba que fueran incorporadas las más recientes recomendaciones de la higiene y del saber médico. En él los proyectistas del Departamento de Ingenieros trabajaban sin conocer más indicaciones que las emanadas del citado decreto del 7 de mayo de 1881, que exigía consultar "al mismo tiempo que la comodidad de los habitantes, la posibilidad de mantener la higiene, en cuanto lo permitan los últimos adelantos científicos y la belleza de sus calles y plazas".

De manera que, más allá de los intentos por articular las diferentes tareas a través de las funciones de ciertas figuras polifascéticas -el caso de Pedro Benoit, es el más representativo de ello-, no pudo evitarse que aún después de seleccionados y premiados los principales edificios públicos en dicho Concurso, se desconociera la ubicación que ellos -como otros edificios ya proyectados- tendrían dentro de un trazado urbano todavía no definido y que los técnicos del Departamento de Ingenieros que trabajaban bajo las órdenes de Pedro Benoit en el diseño definitivo de ese trazado, ignoraran también el punto geográfico en el que se levantaría la ciudad que proyectaban.

La "nueva Capital" tuvo por lo tanto las primeras prefiguraciones de la arquitectura monumental del poder público, luego su nombre -surgido del lema de uno de los trabajos premiados-, más tarde los esbozos iniciales de lo que sería su trazado urbano, antes de que finalmente quedara definido su topos, en las Lomas de la Ensenada de Barragán, próximas a un puerto ya existente y distante 60 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires.

En la resolución de la localización geográfica, Rocha buscó demostrar su más absoluta confianza en la ciencia, representada por la Comisión que conformó con prestigiosos higienistas el 4 de mayo de 1881, atendiendo así un clima de época que parecía propiciar la formación de una sociedad gobernada por quienes detentaban los mayores conocimientos útiles a la salubridad en las ciudades. Este último criterio era el que había llevado a Verne a imaginar la forma en que un médico a través de una herencia podía salir del ostracismo del trabajo en el laboratorio para volcar sus conocimientos en beneficio de toda la sociedad, en una positivista reelaboración de la platónica figura del filósofo-rey que articula las nociones de higiene y saber científico con la idea de poder, contenida en un discurso que no era completamente ficcional: con Sarrasin, Verne aludía al médico, estudioso de los problemas sociales, Benjamin Ward Richardson, creador de Hygeia, propuesta de ciudad ideal basada en un esquema higienista que fue presentado precisamente en el Congreso científico de Brighton de 1875. Hygeia fue publicado al año siguiente, y en ese texto Richardson expresaba su objetivo de crear una ciudad "dirigida por el conocimiento científico", que "se aproximará grandemente" al ideal de los resultados sanitarios, "si no se logran plenamente, en una coexistencia del índice más bajo posible de mortalidad general con la máxima longevidad individual factible"(5). Continuando con una línea de pensamiento representada en Inglaterra por Edwin Chadwik y el grupo Philosophical Radicals encabezado por Jeremy Bentham, la propuesta de Ward Richardson, que desde el nombre mismo relacionaba su ciudad ideal con la noción de higiene, es demostrativo además, de la evolución que había experimentado este concepto.

Hacia mediados del ochocientos el saber científico, encontró en la noción de higiene una manera de sintetizar el conjunto de acciones que desde el poder público debían ser impulsadas para asegurar el mantenimiento de la limpieza en todas sus formas. Así, el término higiene, que con sus equivalencias tenía una larga existencia aunque sólo en algunas lenguas -la Real Academia Española recién lo incorporó en 1843- de adjetivo que calificaba la salud -en griego hygeinos significa lo que es sano-, pasó a ser un nuevo saber ocupado del conjunto de dispositivos y conocimientos que favorecían su mantenimiento con el fin de reducir la mortalidad y extender la vida del hombre, como lo propugnaba Ward Richardson.

Con la proliferación de estudios sobre las condiciones sanitarias de la población, el saber científico parecía reclamar "todo el poder para la higiene", coincidiendo con el utopismo verniano en la idea de crear un Estado gobernado por "sabios en pro de la salud". Los crecientes reclamos en este sentido, volvieron al Estado cada vez más permeable al avance de la higiene que terminó constituyéndose en una fuente de legitimación de todas sus acciones: incluso para el propio Rocha, frente a las duras críticas que generó la decisión de crear una ciudad ex novo rechazando la idea de instalar la "nueva Capital" provincial en una localidad ya existente, hacerlo bajo los designios de la higiene, volvía mucho más "razonable" a su emprendimiento, invistiéndolo de una indiscutible legitimidad científica.

(1)- Este Trabajo fue presentado en el Concurso de Ensayos "La Plata Patrimonio Cultural de la Humanidad, organizado por la Municipalidad de La Plata y Fundación CEPA, en octubre de 1998, obteniendo el 1º Premio.

(2)- Julio Verne; Los quinientos millones de la Begún (1879), Editorial Sopena, Barcelona, 1933, p.30.

(3)- Ibidem.

(4)- Ver Miguel Salabert; Julio Verne. Ese desconocido, Alianza Editorial, Madrid, 1985.

(5)- Benjamin Ward Richardson citado en Paolo Sica, Historia del Urbanismo, T.2, IAEL, Madrid, 1981, p.1110.

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